La fe que me mantiene de pie
La esperanza también forma parte de nuestra salud integral
Mientras escribía y reflexionaba sobre la salud integral, comenzó a sonar una canción que tenía mucho tiempo sin escuchar: Cómo no creer en Dios, interpretada por el Trío Hermanos Devia.
Desde el inicio, algo se movió dentro de mí. No fue solamente recordar una canción que me gusta. Su letra me llevó de regreso a una noche de mis años de estudiante, cuando cursaba Cálculo IV.
Eran aproximadamente las dos de la mañana, una de mis horas favoritas para estudiar. Me gustaba ese momento porque toda la casa estaba en silencio y yo podía concentrarme mejor. Me acompañaban el equipo de sonido de la casa. Sin embargo, aquella noche tenía la mente revuelta. Estaba frente a mis apuntes y ejercicios, intentando comprender el cálculo, cuando comenzó a sonar esa canción.
La música logró detenerme. Por unos minutos dejé a un lado los números, las fórmulas y las preocupaciones que ocupaban mi mente. La letra me invitó a pensar en Dios, en las razones que tenía para agradecer y en todas aquellas cosas —grandes y pequeñas— que me recordaban su presencia en mi vida.
No recuerdo aquella noche solamente por lo que estaba estudiando, sino por lo que ocurrió dentro de mí. En medio del cansancio y de una mente llena de pensamientos, una canción abrió un espacio para la gratitud. Fue como si Dios me recordara que, aun entre las responsabilidades, las preguntas y los esfuerzos cotidianos, había motivos para detenerme, mirar mi historia y reconocer que Él había estado presente.
Escucharla nuevamente tantos años después me hizo reencontrarme con una verdad que me ha acompañado desde que era niña: llevo la fe muy adentro. Ha estado presente en diferentes etapas de mi vida, incluso en aquellas en las que he sentido cansancio, incertidumbre, tristeza o temor.
En ese momento comprendí que no podía hablar de salud integral sin hablar también de la fe y de la esperanza. Somos cuerpo, mente, emociones y espíritu. Podemos cuidar nuestra alimentación, hacer ejercicio, descansar y aprender a reconocer lo que sentimos, pero también necesitamos atender esa dimensión interior que nos conecta con Dios, con el sentido de nuestra existencia y con la esperanza de que una circunstancia difícil no representa el final de nuestra historia.
Una fe que nació en la infancia
La fe ha formado parte de mi vida desde pequeña. Con el paso de los años, ha crecido conmigo, ha atravesado preguntas, cambios y pruebas, y se ha convertido en una fuerza que me ayuda a continuar.
Eso no significa que nunca sienta miedo ni que siempre tenga respuestas. Hay momentos en los que la preocupación aparece, los planes cambian y las situaciones parecen superar lo que puedo controlar. También existen días en los que el corazón se cansa y la mente intenta adelantarse a todo lo que podría suceder.
Sin embargo, en medio de esos momentos, algo permanece: la certeza de que no camino sola.
La fe que aprendí desde niña no me ha evitado las dificultades, pero me ha dado un lugar al cual regresar cuando llegan. Me recuerda que puedo detenerme, respirar, orar y confiar. Me invita a reconocer que, aunque yo no comprenda completamente el proceso, Dios sigue obrando.
La salud espiritual no significa ausencia de dificultades
A veces imaginamos que una persona espiritualmente fuerte nunca duda, nunca se entristece y nunca se siente cansada. Pero la salud espiritual no consiste en negar nuestras emociones ni en aparentar que todo está bien.
Podemos tener fe y, al mismo tiempo, sentir temor. Podemos confiar en Dios y aun así llorar. Podemos conservar la esperanza mientras atravesamos un tiempo de incertidumbre. La espiritualidad saludable no nos obliga a esconder nuestra humanidad; nos permite vivirla sabiendo que no estamos solos.
La fe no siempre cambia inmediatamente lo que ocurre fuera de nosotros, pero sí puede transformar la manera en que lo atravesamos. Nos ayuda a pasar de la desesperación a la esperanza, de la sensación de abandono a la certeza de compañía y de la necesidad de controlarlo todo a la disposición de hacer nuestra parte y confiar el resto a Dios.
Esa transformación interior también es salud.
Cuando la vida nos mueve el piso
Durante los últimos tiempos he vivido situaciones que han movido mis planes, mis emociones y mis pensamientos. He sentido preocupación por mi familia, por el trabajo, por los proyectos que amo y por las decisiones que debo tomar. También he visto a otras personas atravesar procesos migratorios, separaciones familiares y momentos en los que no encuentran respuestas inmediatas.
Frente a esas realidades, es natural preguntarnos qué sucederá. No siempre tenemos el poder de cambiar las circunstancias ni de resolver inmediatamente aquello que nos preocupa. Pero sí podemos elegir dónde colocar nuestra atención, qué pensamientos alimentar y desde qué lugar interior responder.
Allí la fe se convierte en un ancla. No porque haga desaparecer la tormenta, sino porque evita que la tormenta se lleve también nuestra esperanza.
La fe me recuerda que este momento es una parte del camino, no el camino completo. Me permite creer que todavía puede abrirse una puerta, aparecer una respuesta o nacer una posibilidad que hoy no alcanzo a ver. Y mientras eso ocurre, me ayuda a mantenerme de pie y a continuar haciendo lo que sí está en mis manos.
Cuidar el espíritu también es cuidarnos
Así como nuestro cuerpo necesita alimento y descanso, nuestro espíritu también necesita espacios para fortalecerse. Cada persona puede vivir esta dimensión de una manera particular. En mi caso, la oración, la Palabra de Dios, la música, el agradecimiento y el servicio son caminos que me ayudan a regresar a mi centro.
A veces ese cuidado espiritual puede comenzar con acciones sencillas:
Hacer una pausa y expresar sinceramente a Dios lo que sentimos.
Agradecer por aquello que continúa presente, incluso en medio de la dificultad.
Escuchar una canción que nos recuerde quiénes somos y de dónde proviene nuestra esperanza.
Leer una palabra que fortalezca nuestra fe.
Compartir nuestras cargas con una persona de confianza.
Servir a alguien, porque al ofrecer amor también renovamos nuestro propio corazón.
Cuidar la salud espiritual no consiste en repetir palabras bonitas ni en evitar los problemas. Consiste en cultivar conscientemente aquello que nos da sentido, dirección y fortaleza para seguir adelante.
La esperanza que me sostiene
Escuchar nuevamente Cómo no creer en Dios fue mucho más que un recuerdo musical. Fue una invitación a reconocer la presencia de Dios a lo largo de mi historia. Me hizo pensar en las veces que he sentido que no podía más y, sin embargo, apareció la fuerza para dar otro paso. Me recordó las puertas que se han abierto, las personas que han llegado en el momento necesario y las respuestas que muchas veces aparecieron de una manera distinta a la que yo esperaba.
Hoy comprendo que esa fe y esa esperanza son parte esencial de mi salud integral. Son las que me sostienen cuando mi mente se llena de preguntas, cuando mi corazón se inquieta y cuando las circunstancias no están bajo mi control.
Tal vez la fe no siempre nos explica por qué ocurre cada cosa, pero nos ayuda a creer que nuestra vida conserva su sentido aun en medio de lo que todavía no entendemos. Nos permite descansar sin haber resuelto todo, continuar sin conocer el camino completo y esperar sin tener todavía la respuesta.
Si hoy estás atravesando una situación difícil, no necesitas fingir que eres fuerte todo el tiempo. Reconoce lo que sientes, busca apoyo, cuida tu cuerpo y tu mente, pero no olvides cuidar también tu espíritu. Regresa a esa fuente que te recuerda que el dolor no tiene la última palabra y que siempre puede existir una razón para mantener viva la esperanza.
Yo sigo aprendiendo cada día que la fe no significa tener todas las respuestas. Para mí, significa saber en quién puedo descansar mientras las respuestas llegan.
Y cuando me pregunto cómo he podido continuar a través de tantos procesos, encuentro dentro de mí una certeza sencilla y profunda: la fe que llevo desde niña y la esperanza que Dios renueva en mi corazón son las que me mantienen de pie.
Reflexión : ¿Qué práctica, recuerdo, canción o palabra te ayuda a volver a la esperanza cuando la vida te llena de incertidumbre?

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