Adán: el regalo que llegó después de la prueba.

 




Ayer fue el cumpleaños de mi chiquitico, mi Adán. Cumplió 13 años. Me parece mentira verlo ya entrando en esa etapa de la adolescencia, cuando en mi memoria todavía puedo verlo pequeñito, frágil, recién nacido, sostenido por la gracia de Dios.

Mi hermana me envió por WhatsApp una foto donde salgo yo mirándolo cuando estaba bebé. Al ver esa imagen, se me removieron tantos recuerdos. Fue como volver por un instante a aquel momento, a ese proceso, a esa mezcla de cansancio, miedo, dolor, esperanza y amor que viví durante su embarazo y su nacimiento.

El embarazo es un proceso de nueve meses. Un tiempo de espera, de transformación, de cambios internos y externos. Aunque muchas mujeres pasamos por esa experiencia, cada embarazo es distinto. A cada mujer le pega diferente. Algunas viven síntomas leves, otras atraviesan meses muy fuertes. En mi caso, el embarazo de Adán fue un proceso difícil. Durante los nueve meses vomité y escupí constantemente. Era algo que no podía evitar. Había días en los que me sentía demasiado cansada, agotada de vivir esa incomodidad, preguntándome cuándo iba a terminar.

Pero aun con todo ese cansancio, yo sabía que había que esperar el tiempo correcto. Sabía que dentro de mí se estaba formando una vida. Sabía que, aunque el proceso fuera incómodo, tenía un propósito. A veces la vida también se parece a un embarazo: hay procesos que no podemos acelerar, etapas que debemos atravesar, dolores que debemos soportar y esperas que nos enseñan paciencia.

Mis dos primeros partos fueron normales, gracias a Dios. Pero con Adán fue diferente. Su nacimiento fue por cesárea, porque había premura de sacarlo. Unos días antes de que naciera, fui al médico y me dijeron que había perdido el líquido amniótico. También me dijeron que existía la posibilidad de perder al bebé. Ese momento fue una de esas noticias que estremecen el alma. Sentí una conmoción muy grande. Fue como si algo se apretara dentro de mi corazón. Me dolió profundamente, y recuerdo pensar: “Dios mío, ¿y ahora qué vamos a hacer?”.

En momentos así una se siente vulnerable. Por más fuerte que una trate de ser, hay noticias que nos confrontan con nuestros miedos más profundos. La posibilidad de perder un hijo antes de tenerlo en los brazos es un dolor difícil de explicar. Pero aun en medio de ese miedo, traté de sostenerme en mi fe. Siempre he creído que Dios no permite una prueba mayor de la que podamos soportar. A veces no entendemos el proceso mientras lo estamos viviendo, pero con el tiempo podemos mirar atrás y reconocer que Dios estuvo allí, abriendo camino cuando nosotros no sabíamos qué hacer.

Las cosas comenzaron a canalizarse. Logramos conseguir un cuarto en el hospital. Se tomaron las decisiones necesarias. Había que actuar rápido. Ya no era un parto como los anteriores; esta vez había urgencia, había presión, había temor. Pero también había fe. Y gracias a Dios, todo salió bien.

Cuando pienso en el embarazo, en los síntomas, en el cansancio, en la espera y luego en el dolor del parto, entiendo que hay experiencias que nos marcan para siempre. Toda mujer que ha pasado por un proceso así sabe que no es solamente un asunto físico. Es emocional, espiritual y profundamente humano. El cuerpo se cansa, la mente se llena de preguntas y el corazón aprende a confiar.

Pero hay un momento que lo cambia todo: cuando el bebé está afuera, cuando por fin lo vemos, cuando lo tenemos en nuestros brazos. Ese instante no tiene explicación. Es como si todo el dolor se quedara atrás. No porque no haya existido, sino porque el amor lo supera. Ver a tu hijo, sentirlo cerca, saber que está vivo, que está allí, que Dios permitió que llegara a tus brazos, es una experiencia que no se puede describir completamente con palabras.

Así fue con Adán. Después del miedo vino la vida. Después de la incertidumbre vino la gratitud. Después del dolor vino el milagro.

Hoy, al verlo cumplir 13 años, recuerdo todo aquello y no puedo hacer otra cosa que darle gracias a Dios. Gracias por haberlo cuidado. Gracias por haberme sostenido. Gracias por haber permitido que aquel bebé que un día estuvo en riesgo hoy sea un niño lleno de vida, entrando en una nueva etapa, creciendo, aprendiendo y formando su propio camino.

Adán me recuerda que muchos procesos duelen antes de dar fruto. Me recuerda que la espera puede ser agotadora, pero también puede estar formando algo hermoso. Me recuerda que hay momentos donde sentimos que no tenemos el control, pero Dios sí lo tiene. Me recuerda que las pruebas pueden sacudirnos, pero también pueden fortalecer nuestra fe.

A veces queremos evitar el dolor, saltarnos el proceso, llegar rápido al resultado. Pero la vida nos enseña que hay cosas que necesitan tiempo para formarse. Un hijo necesita tiempo en el vientre. Un sueño necesita tiempo para madurar. Una meta necesita proceso. Una transformación necesita paciencia. Y muchas veces, antes de ver el milagro, tenemos que atravesar la incertidumbre.

El nacimiento de Adán fue una de esas experiencias que me enseñó que Dios está presente aun cuando el escenario parece complicado. Está presente en la sala de espera, en la noticia difícil, en la decisión urgente, en el cansancio de una madre, en el miedo silencioso y también en el primer llanto del bebé.

Hoy miro esa foto y veo mucho más que una imagen. Veo una historia. Veo una madre cansada, pero agradecida. Veo un bebé que llegó al mundo en medio de una prueba. Veo la fidelidad de Dios. Veo el amor inmenso que una madre siente cuando tiene a su hijo en brazos.

Y sobre todo, veo un recordatorio: hay dolores que no se entienden mientras se viven, pero con el tiempo pueden convertirse en testimonio.

Feliz cumpleaños, mi chiquitico. Gracias a Dios por tu vida. Gracias por recordarme que después del dolor también puede venir la alegría. Gracias por ser parte de mi historia, de mi fe y de mi corazón.

Hay procesos que duelen, pero cuando vemos el milagro en nuestros brazos, entendemos que Dios estuvo allí todo el tiempo.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

🎈Educar es Amar: Celebrar la Infancia, Sembrar el Futuro 🎈

Desatando garabatos mentales: rompe las creencias con constancia práctica.

Plan Vacacional Fundacorazón 2025: Un Verano con Propósito y Valores.