🌊 Volver al mar: un reencuentro con el alma.





Hay lugares que no solo habitan en la geografía, sino en la memoria. Para mí, el mar es uno de ellos.

Cada vez que lo contemplo, me lleva de regreso a mi infancia. A esos viajes en familia rumbo a Morrocoy, en el estado Falcón, Venezuela. Recuerdo el auto lleno de risas, mi papá conduciendo, mi mamá a su lado y mis hermanas y yo llenas de emoción. Hacíamos una parada obligatoria en El Palito, donde probábamos las empanadas más sabrosas que aún hoy viven en mi memoria. Y ya cerca del mar, nos esperaban los sabores del carite frito con tostones y ensalada, el juego de saltar las olas con mi mamá y hermanas, las cachapas del camino… eran momentos simples, pero profundamente felices.

Aunque no sabía nadar, el agua siempre era mi lugar seguro. El mar tiene esa cualidad misteriosa: puede ser inmenso y calmo, fuerte y sereno al mismo tiempo. Tal vez por eso, cada vez que regreso a él, siento que algo dentro de mí se sana. La brisa, el sonido de las olas, el calor del sol en la piel… todo me recuerda que la naturaleza es un puente hacia lo sagrado.

Hoy más que nunca entiendo que volver al mar no es solo un viaje físico, sino espiritual. Es una forma de reconectar con quién soy, de recordar de dónde vengo. En su inmensidad, siento la presencia del Creador, su orden, su belleza, su dominio. El mar me habla en silencio: me dice que hay paz más allá del ruido, y dirección incluso cuando parece que estamos perdidos.

Por eso, en momentos de estrés, de confusión o de cansancio del alma, buscar la naturaleza no es un lujo, sino una necesidad. Caminar, respirar aire puro, contemplar el horizonte… son actos sagrados. No para huir, sino para volver. Para reencontrarnos con nuestra esencia, con nuestro propósito.

No olvides a dónde vas. Pero tampoco olvides de dónde vienes.
A veces, el camino de regreso es el que más nos impulsa hacia adelante.

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