El cuerpo: el canal que sostiene nuestro propósito I
Cuando hablamos de salud integral, podemos comenzar por una dimensión que muchas veces damos por sentada: el cuerpo.
Nuestro cuerpo es el canal que nos permite llevar a la acción aquello que consideramos nuestro propósito. Podemos tener sueños, proyectos, ideas y deseos de servir, pero sin salud y sin energía muchas de esas cosas se hacen mucho más difíciles de realizar.
Cuidar nuestro cuerpo implica conocerlo y escucharlo. Significa ser conscientes de lo que comemos, mantenernos físicamente activos, descansar y entender que nuestras decisiones cotidianas van dejando huellas.
Sin embargo, existe algo que he observado tanto en mí como en nuestra manera de vivir: podemos llegar a ser extremistas y queremos resultados demasiado rápidos.
Nos gustan las fórmulas mágicas.
Queremos arreglar en pocos días aquello que llevamos meses o incluso años haciendo —o dejando de hacer—. Queremos comenzar una dieta y ver inmediatamente los resultados. Empezar a hacer ejercicios y sentir que nuestro cuerpo cambia de un día para otro. Queremos encontrar esa acción extraordinaria que solucione todo.
Pero el cuerpo constantemente nos enseña algo diferente:
Todo proceso necesita tiempo.
Me causa gracia pensarlo con algo tan sencillo como el cabello. Nos hacemos un corte, nos arrepentimos y queremos que vuelva a crecer inmediatamente. Sabemos que existen extensiones y alternativas que pueden cambiar temporalmente nuestra apariencia, pero nuestro cabello natural tiene su propio ritmo de crecimiento.
No podemos ordenarle: “crece hoy porque me arrepentí”.
Hay que esperar.
Y mientras esperamos, cuidarlo.
Quizás esa sea una de las grandes enseñanzas del cuerpo: crecer requiere tiempo, cuidado y constancia.
Enamorarnos del proceso
Decir “enamórate del proceso” suena bonito. Vivirlo es otra cosa.
Porque el proceso incluye días en los que tenemos ganas y otros en los que no. Incluye resultados que tardan en aparecer. Incluye comenzar nuevamente después de habernos detenido.
Por eso cada vez creo menos en una acción extraordinaria de un día y más en la construcción de sistemas que podamos sostener.
Un sistema de salud no debería construirse solamente desde la disciplina rígida. Para mí necesita una combinación de disciplina y amor al propósito.
La disciplina me recuerda lo que decidí hacer.
El propósito me recuerda para qué lo estoy haciendo.
Y el equilibrio me ayuda a no convertir el cuidado en otro extremo.
El yoga y mis propios extremos
Siempre he sentido fascinación por el yoga.
Pero hubo un momento de mi vida en el que llegué a pensar que practicar yoga estaba en contra de lo que yo creía. Incluso llegué a asociarlo con cosas como la brujería.
Sí, ahora hasta puedo reírme al recordarlo.
Pero también puedo observar aquella versión de mí con curiosidad, porque me muestra precisamente el extremismo del que estoy hablando.
Estaba aceptando una idea sin detenerme suficientemente a investigar, preguntar o mirar más allá. Estaba juzgando algo antes de conocerlo.
Con el tiempo he aprendido que también podemos ejercitar nuestra capacidad de cuestionar lo que creemos saber. Investigar no significa abandonar nuestros valores. Al contrario, puede ayudarnos a comprender mejor por qué creemos lo que creemos y a tomar decisiones más conscientes.
Hoy puedo acercarme al yoga desde aquello que me aporta físicamente: movilidad, respiración, flexibilidad, equilibrio, fuerza y un espacio para conectar con mi cuerpo.
Y quizás aquí aparece nuevamente la palabra equilibrio.
Ni todo tiene que convertirse en una obsesión, ni tenemos que rechazar automáticamente aquello que desconocemos.
Podemos observar. Podemos investigar. Podemos aprender. Podemos decidir.
Cuerpo, disciplina y propósito
Mientras escucho El 8.º hábito, de Stephen R. Covey, encuentro una conexión especial con este mes dedicado a la salud integral: cuerpo, mente, corazón y espíritu no funcionan como compartimentos completamente separados.
Cuidar el cuerpo también influye en nuestra mente, nuestras emociones y nuestra capacidad de vivir aquello que consideramos significativo.
Por eso, esta semana no quiero preguntarme solamente:
¿Qué puedo hacer para cambiar mi cuerpo?
Quiero hacerme una pregunta diferente:
¿Qué sistema puedo construir para cuidar el cuerpo que necesito para vivir mi propósito?
Tal vez la respuesta no esté en hacer algo extraordinario mañana.
Tal vez esté en caminar hoy.
En movernos.
En elegir conscientemente lo que comemos.
En descansar.
En hacer esa práctica que dijimos que haríamos.
En regresar cuando nos desviamos.
Y, sobre todo, en aceptar que nuestro cuerpo, al igual que nuestra vida, no necesita magia: necesita proceso.
Porque cuidar el cuerpo no debería ser una carrera contra nosotros mismos.
Debería ser una manera de honrar el propósito para el cual queremos seguir teniendo fuerzas.

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