El año se fue volando… ¿y nosotros estuvimos presentes?
Estamos por comenzar la última semana de agosto y ya se escucha con frecuencia una frase que repetimos casi todos los años:
—Este año se fue volando.
—Cuando nos demos cuenta, estaremos en diciembre.
—Ya casi se termina el año.
Y sí, el tiempo avanza rápidamente. Los días se convierten en semanas y las semanas en meses. Sin embargo, más allá de la velocidad con la que parece avanzar el calendario, deberíamos preguntarnos:
¿El año realmente pasó demasiado rápido o fuimos nosotros quienes no estuvimos completamente presentes mientras transcurría?
Siempre deseando estar en otra etapa
Esta forma de vivir no comienza en la edad adulta. Desde que somos niños, solemos mirar hacia la etapa siguiente.
Cuando somos pequeños, queremos crecer. Deseamos ser grandes para tomar nuestras propias decisiones, salir solos, trabajar, conducir y no tener que pedir permiso. Pensamos que cuando seamos adultos finalmente podremos hacer todo lo que deseamos.
Al llegar a la adolescencia, queremos tener más libertad. Cuando somos jóvenes, deseamos graduarnos, encontrar trabajo, independizarnos, formar una familia o alcanzar estabilidad económica. Después, cuando llegamos a la edad adulta y comenzamos a sentir el peso de las responsabilidades, miramos hacia atrás y decimos:
—¡Cómo quisiera volver a ser niña!
—Qué felices éramos y no lo sabíamos.
—Cómo extraño aquellos tiempos en los que no tenía tantas preocupaciones.
Entonces ocurre algo curioso: pasamos gran parte de la vida queriendo llegar a una etapa diferente y, cuando finalmente llegamos, comenzamos a extrañar la que dejamos atrás.
De niños queremos ser adultos y, de adultos, quisiéramos recuperar la tranquilidad, la energía o la inocencia de la niñez. Vivimos deseando lo que todavía no ha llegado o recordando con nostalgia lo que ya terminó, mientras el presente pasa silenciosamente frente a nosotros.
La vida está sucediendo ahora
Nuestra mente tiene una facilidad extraordinaria para viajar. Puede regresar al pasado para recordar lo vivido y también adelantarse al futuro para imaginar lo que podría suceder. Ambas capacidades son importantes: el pasado nos permite aprender y el futuro nos ayuda a planificar.
El problema aparece cuando permanecemos demasiado tiempo en esos lugares y dejamos de habitar el único momento en el que verdaderamente podemos vivir: el presente.
A veces, nuestro cuerpo está en un lugar, pero nuestra mente está en otro. Estamos comiendo mientras pensamos en el trabajo. Estamos trabajando mientras deseamos llegar a casa. Llegamos a casa y seguimos pensando en todo lo que quedó pendiente. Compartimos con nuestra familia, pero revisamos constantemente el teléfono. Salimos a descansar, pero sentimos culpa porque creemos que deberíamos estar produciendo.
De esa manera, vamos de una actividad a otra sin experimentar completamente ninguna.
No es que los días tengan menos horas ni que el año haya decidido avanzar más rápido. Es que muchas veces vivimos en modo automático, cumpliendo responsabilidades, resolviendo problemas y anticipando lo siguiente. Cuando finalmente hacemos una pausa y miramos el calendario, sentimos que el tiempo desapareció.
Estar presente también se aprende
Vivir el presente es algo que he tratado de trabajar. No siempre es sencillo. La mente se distrae, se preocupa, recuerda, anticipa y crea escenarios. Por eso, estar presente no es algo que conseguimos una sola vez; es una práctica a la que debemos regresar constantemente.
Estar presente no significa abandonar nuestras metas, dejar de planificar o actuar como si el futuro no importara. Significa atender el futuro sin permitir que nos robe el día de hoy.
Es organizar el mañana, pero regresar a la conversación que estamos teniendo ahora. Es trabajar por nuestras metas sin pensar que solamente seremos felices cuando las alcancemos. Es agradecer lo que tenemos mientras seguimos creciendo. Es reconocer que la vida no comienza cuando todo esté resuelto, cuando tengamos más dinero, cuando bajemos de peso, cuando llegue la oportunidad esperada o cuando desaparezcan los problemas.
La vida ya comenzó. La vida está sucediendo en este preciso momento.
¿Qué dejamos de ver cuando vivimos apresurados?
Cuando no estamos presentes, podemos pasar por alto los pequeños momentos que después terminamos extrañando: una conversación familiar, una comida compartida, una llamada de nuestros padres, la risa de nuestros hijos, una tarde tranquila, la oportunidad de caminar, respirar y agradecer.
Muchas veces esperamos que ocurra algo extraordinario para sentir que estamos viviendo. Sin embargo, la mayor parte de nuestra existencia está formada por momentos aparentemente sencillos.
Quizás dentro de algunos años recordaremos con nostalgia este día común que hoy no estamos valorando. Tal vez extrañaremos la casa en la que vivimos, el sonido de una voz, nuestra rutina actual o incluso alguna de las responsabilidades que hoy nos parecen pesadas.
Por eso, estar presentes también es reconocer lo valioso antes de que se convierta en recuerdo.
Vivir cada día con conciencia
Con frecuencia escuchamos la frase: «Vive cada día como si fuera el último». Sin embargo, no se trata de vivir con miedo a que todo termine ni de intentar hacerlo todo en un solo día.
Se trata de vivir con conciencia.
Si supiéramos que este día no regresará —porque, en efecto, ningún día regresa—, quizás escucharíamos con mayor atención, abrazaríamos con más intención, agradeceríamos lo cotidiano y no permitiríamos que algunas preocupaciones ocuparan todo nuestro espacio interior.
Vivir el presente puede comenzar con acciones muy pequeñas:
- Hacer una pausa y respirar conscientemente.
- Prestar atención a lo que nuestro cuerpo está sintiendo.
- Escuchar a una persona sin pensar inmediatamente en la respuesta.
- Comer sin estar pendientes todo el tiempo del teléfono.
- Agradecer algo concreto del día.
- Reconocer una emoción sin juzgarla ni esconderla.
- Disfrutar el proceso, no únicamente el resultado.
- Preguntarnos varias veces al día: «¿Dónde está mi mente en este momento?»
Estas pequeñas pausas nos ayudan a salir del piloto automático y regresar a nosotros mismos.
Todavía estamos en agosto
Sí, estamos comenzando la última semana de agosto. Diciembre llegará, como llegó agosto y como llegaron todos los meses anteriores. No podemos detener el calendario, pero sí podemos decidir cómo queremos vivir el tiempo que tenemos delante.
Antes de apresurarnos mentalmente hacia el final del año, detengámonos y recordemos: todavía estamos en agosto.
Todavía tenemos días para cuidar nuestro cuerpo, escuchar nuestras emociones, ordenar nuestros pensamientos y fortalecer nuestro espíritu. Todavía podemos comenzar un hábito, reparar una relación, expresar nuestro agradecimiento, descansar cuando sea necesario y dar un pequeño paso hacia aquello que queremos construir.
No necesitamos vivir esperando la próxima etapa ni deseando regresar a la anterior. Cada edad tiene sus aprendizajes, sus desafíos, sus pérdidas y también sus regalos. La etapa que hoy vivimos merece ser reconocida, habitada y agradecida.
El tiempo seguirá avanzando y seguramente, dentro de poco, volveremos a decir: «Este año se fue volando». Pero quizás podamos agregar algo diferente:
El año avanzó rápidamente, pero yo estuve presente. Amé, aprendí, agradecí, descansé, crecí y viví cada etapa mientras ocurría.
Porque la presencia no puede detener el tiempo, pero sí puede hacer que el tiempo vivido tenga sentido.
No permitamos que la vida pase mientras esperamos comenzar a vivir. No corramos hacia diciembre cuando todavía tenemos agosto entre las manos.
El mejor momento para estar presentes no fue ayer ni será cuando todo esté resuelto. Es aquí. Es ahora. Es hoy.

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