Cuando el dolor no tiene la última palabra.
Hay una historia de la Biblia que siempre ha llamado profundamente mi atención: la historia de José, el hijo de Jacob.
José fue traicionado por sus propios hermanos, arrojado a un pozo, vendido como esclavo, separado de su familia, acusado injustamente y encarado. Humanamente, cualquiera podría pensar que tenía razones suficientes para perder la esperanza o cuestionar a Dios.
Sin embargo, ocurrió todo lo contrario.
En cada etapa de su vida, José mantuvo su confianza en Dios. No permitió que el dolor definiera quién era ni que la injusticia destruyera su propósito. Su fe fue más grande que sus circunstancias, y esa confianza terminó convirtiendo una historia de sufrimiento en una historia de restauración y bendición para muchas personas.
Hoy mi corazón se encuentra afligido.
El reciente terremoto que ha golpeado a Venezuela ha llenado de preocupación a miles de familias. El dolor de quienes han perdido seres queridos, hogares o la tranquilidad nos conmueve profundamente, aun a quienes estamos lejos de nuestra tierra.
En momentos como estos comprendemos que todos, en algún momento de nuestra vida, enfrentaremos circunstancias que no elegimos. A veces es una enfermedad; otras, una pérdida inesperada, una crisis económica o un desastre natural. Son realidades que nadie desea vivir, pero que, en ocasiones, simplemente nos toca atravesar.
Lo importante no es negar el dolor.
La fe nunca nos pide fingir que no sufrimos. Jesús mismo lloró. La Biblia está llena de hombres y mujeres que experimentaron tristeza, miedo e incertidumbre. Lo que la fe nos enseña es que el dolor no tiene que convertirse en desesperanza.
Es precisamente allí donde la resiliencia cobra un papel fundamental.
Ser resiliente no significa no llorar. Significa levantarse aun cuando las fuerzas parecen insuficientes. Significa seguir creyendo que Dios continúa obrando, incluso cuando todavía no podemos ver el resultado.
En estos días he sentido tristeza, pero también he visto algo que llena mi corazón de esperanza.
He visto a venezolanos dentro y fuera del país movilizarse para ayudar. He visto iglesias, organizaciones, empresas y personas de diferentes nacionalidades unirse en una sola voz de solidaridad. He visto centros de acopio llenándose de alimentos, medicinas, ropa y artículos de primera necesidad. He visto personas donando su tiempo, sus recursos y sus oraciones.
Mi corazón se encuentra afligido, pero no permitiré que la aflicción me paralice.
Este no es tiempo para quedarnos inmóviles. Es tiempo de movernos, de ayudar, de servir y de tender la mano a quien lo necesita.
Cada oración cuenta.
Cada donación cuenta.
Cada mensaje de esperanza cuenta.
Cada acto de amor cuenta.
José nunca imaginó que el pozo sería el inicio del camino hacia el propósito que Dios tenía preparado para él. Quizá hoy tampoco entendemos muchas de las cosas que están ocurriendo, pero podemos elegir responder con fe, con esperanza y con solidaridad.
Que el dolor nos haga más humanos.
Que la fe nos mantenga firmes.
Que la esperanza nos impulse a seguir adelante.
Y que la resiliencia transforme nuestro sufrimiento en una oportunidad para amar y servir más.
Porque cuando un pueblo permanece unido, la esperanza siempre encuentra un camino.
"Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien, para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de muchas personas."
Génesis 50:20

Comentarios
Publicar un comentario