Marzo: constancia en medio del ruido.



Hoy quiero escribir sin el filtro de lo que debió ser o de lo que fue.

Tal vez a todos nos pasa: sentimos que avanzamos y también que retrocedemos. Pero entendí algo importante… nunca empezamos desde cero, porque siempre hay algo que se aprendió. Incluso si fueron “100 formas de no hacer algo”, sigue siendo aprendizaje.

Soy experta en cuestionarme, y eso es algo que estoy trabajando. Aun así, hay algo dentro de mí que me mueve: el deseo de cambiar, de crecer, de ser mejor persona.

Es curioso. Llamé a marzo el mes de la constancia práctica… y fue precisamente mi constancia la que se puso a prueba.

Hubo exceso de trabajo.
Hubo cansancio.
Hubo días donde la motivación desapareció.
Hubo preguntas repetidas:
“¿Qué estoy haciendo?”
“¿Vale la pena?”

Y sí… también hubo lágrimas.

Pero aquí estoy. Llegué a otro fin de mes.

Con aprendizaje.

Aprendí que más que pensar en lo que debo dejar de hacer, necesito enfocarme en aquello a lo que debo estar atenta.

La incertidumbre se sentó en el patio de mi casa.
Todos los días intentó seducirme.
Me invitaba a dudar de mí, de mi propósito, de mi camino.

Me ofrecía tranquilidad momentánea… como un café que calma por un rato.

Pero mi alma quiere más.

No está satisfecha con lo temporal.
No quiere solo calma… quiere paz con propósito.
No quiere conformarse.

Porque dentro de mí hay una certeza: hay más.

Y no hablo solo de cosas materiales.
Hablo de desarrollo personal.
Hablo de crecimiento.
Hablo de servicio.

¿Has sentido que tu corazón te grita?

El mío no ha parado.
Y aún lo escucho.

No estoy sorda…
y no quiero serlo.

Y en medio de todo esto, comprendí algo aún más profundo.

Como explica el Dr. Joe Dispenza, nuestros pensamientos y emociones no son solo experiencias pasajeras… tienen un impacto real en nuestro cuerpo y en nuestra vida.

Cada pensamiento genera una reacción química en el cerebro.
Cada emoción refuerza esa señal.

Cuando repetimos constantemente los mismos pensamientos —especialmente los de duda, miedo o frustración—, el cerebro comienza a cablearse en esa dirección. Es lo que en neurociencia se conoce como neuroplasticidad: la capacidad del cerebro de reorganizarse según lo que pensamos y sentimos de forma repetida.

Es decir:
no solo sentimos… estamos programando.

Por eso, no se trata de ignorar lo que sentimos, sino de hacernos conscientes de ello. De observarlo. De elegir, poco a poco, nuevos pensamientos que nos acerquen a la persona que queremos ser.

Porque así como podemos entrenarnos en la duda…
también podemos entrenarnos en la fe, en la claridad y en el propósito.

Y eso también es constancia.


Referencias:

  • Doidge, N. (2007). The Brain That Changes Itself.
  • Dispenza, J. (2012). Breaking the Habit of Being Yourself.

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