Mi primogénita, mi primera escuela.
Saludos, queridos lectores. Hoy quiero compartir con ustedes una de mis mayores alegrías.
Hace 20 años, en un día como hoy, después de cenar, me dispuse a dormir. Estaba recién casada y vivía mi primera experiencia de embarazo, llena de poco conocimiento y asustada por todo, pero feliz de estar embarazada. Ya me habían revelado el sexo de mi bebé: era una niña. Con la fe de que todo estuviera bien y sin los recursos para dar a luz en una clínica con todas las comodidades, enfrentaba grandes temores, especialmente porque siempre he sido temerosa de los médicos y las inyecciones.
Cerca de las 12:30 a.m. del 11 de octubre, fui al baño y noté que orinaba más de lo usual. Sin saber qué pasaba, le comenté a mi esposo y a mi suegra, quien me dijo que había roto la fuente y que debíamos ir al hospital. Este estaba a casi media hora de distancia. En el camino, mi mente estaba en blanco; era uno de esos momentos que prefieres no pensar para no preocuparte demasiado.
Al llegar a la puerta de la maternidad, me informaron que solo yo podía entrar y que mi esposo debía quedarse afuera. Enfrentando mis temores, entré. Me prepararon en una camilla y me colocaron en un cuarto donde había otras mujeres, también a punto de dar a luz. Escuchaba gritos de dolor, lo que me atemorizaba aún más.
Finalmente, me llevaron al quirófano. Allí estaba el doctor y las enfermeras, quienes me indicaron que pujase. Entre el dolor y los nervios, lo hice con todas mis fuerzas. Entonces, escuché un llanto: era el llanto de mi hija, a la que llamé Anyely. Al escuchar su llanto, todo el dolor y la vergüenza desaparecieron; solo quería tenerla en mis brazos. Al momento de cargarla, sentí una tranquilidad y una felicidad inmensas. Agradecí a Dios por tan hermoso momento.
Siempre me gustaba ir preparada para mis exámenes en el liceo y la universidad, pero creo que ser madre es un examen para el cual no se está preparado. Se aprende en la práctica, con el deseo de ser mejor y de buscar el bienestar de nuestros hijos. Como hijos, a veces somos rápidos para criticar a nuestros padres diciendo que no haremos esto o aquello, pero tener la responsabilidad de educar a nuestros hijos es algo enorme.
No podemos quejarnos del comportamiento de los niños o adolescentes de las generaciones actuales sin reflexionar sobre la educación que han recibido. Hace poco escuché una frase: "Si tu hijo tiene metas y objetivos, no habrás fracasado". Mis padres hicieron un excelente trabajo porque, si hay algo que tengo y deseo seguir teniendo, son metas. Y para mí, como madre, mi hija mayor tiene metas que busca y se esfuerza por alcanzar. Voy por buen camino.
No nos cansemos de ser mejores personas, mejores padres, y mejores hijos. El deseo de ser mejores nos llenará de fuerzas para seguir luchando. ¡Adelante!
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